Cómo se apropian las mujeres de la experiencia de abortar en segundo trimestre

Cómo se apropian las mujeres de la experiencia de abortar en segundo trimestre. Ilustración: Sofía Menoyo.

Todavía hay más aprendizajes que circulan en el socorrismo, son aquellos referidos a las formas en cómo las mujeres se apropian de este pasaje de sus vidas, de este acontecimiento en sus vidas. Esta subjetivación depende de una multiplicidad de condiciones biográficas y las propias del proceso de abortar; en todas ellas el cuerpo condensa sensaciones, emociones, dolores, alivios, no sencillos de describir. Hay un componente que marca singularmente el aborto en segundo trimestre y que, en ocasiones, diferencia la visión con la que se quedan las mujeres de esta experiencia, esto es, la relación con la materialidad de lo que expulsan. En este apartado se desarrollarán algunas aproximaciones de estas subjetivaciones, haciendo foco en las entrevistas realizadas para este estudio.

En esa experiencia interjuegan una multiplicidad de aspectos, entre ellos, si ven o no lo que expulsan, el lugar en el que se realiza la expulsión (hospital, en tránsito o en la casa); la forma que adopta el acompañamiento dependiendo del lugar y de quién/es la asista/n (efectores de salud, persona de cercanía afectiva); la vivencia o no de un aborto anterior; las circunstancias en las que tuvieron que resolver qué hacer con lo expulsado.

Se observa que el lugar en que se produce la expulsión, pauta formas de interacción en las que se expresan intercambios asimétricos, colaborativos, solidarios, de confianza, atribuciones más o menos desiguales de poder.

Abortar en el hospital – Sentirse seguras

Salvo una situación (C-3) en la que el aborto se produjo en la ambulancia durante el traslado de la casa al hospital, los espacios habituales para la expulsión son el hospital y la casa.

En más de un relato, la expulsión en el hospital aparece asociada a la idea de seguridad, en dos sentidos: uno de carácter más institucional-profesional, que alude a la función del hospital como institución social que tiene por objeto el cuidado de la salud, y otra de carácter más personal-subjetiva vinculada a la apropiación de saberes que colaboran en la desactivación de ciertos temores.

Por un lado entonces, nos encontramos ante la manifestación de la seguridad que otorga el sentir que van a estar controladas médicamente. Esta representación pareciera estar validada en la práctica, a partir de las referencias que realizan las socorridas:

“(…) cuando llegué al hospital me hicieron análisis (…)” (A-9, 31 años, 14 semanas de gestación).

“(…) cuando quisieron escuchar los latidos ya no se escuchaban, me hicieron tacto y la bolsa ya estaba baja (…)” (A-2, 18 años, 23 semanas de gestación).

“(…) me pusieron suero (…)” (A-4, 22 años, 18 semanas de gestación).

“(…) físicamente me sentía bien pero los doctores me decían otra cosa” (B-1, 24 años, 18 semanas de gestación).

Por otro lado, los dichos de las mujeres dan cuenta de la seguridad que otorga saber que las y los efectores de salud no pueden incriminarles que se hayan provocado un aborto, aspecto no menor en tanto las apodera para ingresar y transitar por el hospital, reduciendo miedos:

“Había otro médico que es el jefe de ellos de ginecología, que agarró y dijo: No, esto lo vamos a mandar para analizar. Y ella [refiere a la médica] no se podía negar, lo mandó si total no había rastros de nada que yo haya tomado, algo, nada. Porque eso es bueno cuando lo hacés por boca, que no te deja rastros” (A-9, 31 años, 14 semanas de gestación).

Conocer que no pueden ser descubiertas, actualiza cierto saber transmitido por las socorristas, consistente en que el empleo de la medicación por vía bucal o sublingual no deja rastro en sangre, por ende las y los efectores de salud se ven imposibilitados de demostrar que las mujeres se han provocado un aborto[1]. Por lo que, este personal de salud sólo podrán acceder a esa información, si ellas deciden contarlo.

Además de la idea de seguridad con la que se significa el estar en el hospital para la expulsión, esa interacción que se produce, habla también de la incorporación de un lenguaje propio del ámbito médico: camilla, chata, suero, análisis, útero, ecografía. El registro sobre el momento de la expulsión es una clara muestra tanto de la mediación de la ingeniería hospitalaria, con sus protocolos de actuación, como de las contingencias: que la expulsión se produzca en el baño o bidet:

“No sabía qué me iba a pasar. Me llevaron a la sala de parto, fue como tenerlo. Tuve que pujar y esas cosas (…)” (A-2, 18 años, 23 semanas de gestación).

“Ahí ya me dejaron internada porque ya cuando me hicieron, cuando quisieron escuchar los latidos ya no se escuchaban, me hicieron tacto y la bolsa ya estaba baja. Entonces me dejaron internada, me pusieron suero y habrá sido a las 10 de la mañana, había pedido para ir al baño y ya está, ahí lo largué. Me pasaron al quirófano, yo no me podía levantar de la cama, entonces me traían la chata (…)” (A-4, 22 años, 18 semanas de gestación).

Es importante destacar además, que en la mayoría de las situaciones en que el aborto se produce en el hospital, quienes rodean y/o merodean ese espacio-tiempo en el que el aborto acontece, son principalmente las y los efectores de salud, son ellas y ellos interlocutores válidos:

“Y cuando viene corriendo la doctora, bueno, para eso estaban dos enfermeras, y viene corriendo la doctora y mira así y lo saca, y lo pone arriba tipo una mesita así, lo saca y lo pone así con un toallón (…) Y para todo eso vino un doctor, y la doctora se acercó (…)” (A-16, 32 años, 23 semanas de gestación).

En los hospitales y clínicas, también aparece la presencia cercana / afectiva de quienes acompañan. En el caso de que sean las madres (A-2, A-4, A-6, A-10), hay re-apropiaciones de esa situación de expulsión, como lo expresa esta mujer entrevistada:

“Se ve que mi mamá se dio cuenta que yo ya estaba, yo estaba en el inodoro y entonces me dijo: -Pasate al bidet para que no expulses ahí en el inodoro. Y ahí fue me pasé al bidet y fue como, no sé cómo describirlo, sí sentí así como un dolor fuerte y como que y claro lo del tapón mucoso debe haber sido, como que salió eso y ahí como que me asusté y de ahí fue todo junto, sí no fue viste un ponele fue todo así de una sola vez. No rompí bolsa, nada de eso antes” (A-10, 35 años, 22 semanas de gestación).

Otro aspecto que interviene en la elección del hospital como lugar de expulsión, refiere a la experiencia subjetivada de haber transitado la experiencia de una hemorragia que no quiere volver a repetir:

“Fue muy feo la pérdida de sangre, había mucha sangre, por acá, por allá, me tenía que meter a bañar a cada diez minutos, poniéndome pañales porque las toallitas no me daban a vasto (…) ¡Entonces, todo eso no quería pasarlo otra vez!” (A-1, 27 años, 18 semanas de gestación).

No obstante ello, pasar por el hospital no las libera de esa posibilidad. Así lo expresa otra de las socorridas que tuvo que volver después de haber sido dada de alta:

“Y bueno, vine a mi casa, me dan el alta, vine a mi casa. Estuve hasta la semana pasada que me agarró una fuerte hemorragia y me tuvieron que volver a internar” (A-9, 31 años, 14 semanas de gestación).

La imposición de ver – La decisión de ver/no ver

De las veintitrés mujeres entrevistadas, nueve no ven lo que expulsan ( A-1, A-6, A-7, A-8, A-10, A-11, A-13, C-3, D-2) y trece de ellas sí lo hacen (A-2, A-3, A-4, A-5, A-9, A-12, A-14, A-15, A-16, C-1, C-2, C-4, D-1). Es de destacar que A-16 decide mirar para que ni el marido ni la médica sospechen que se había provocado un aborto. En un caso (B-1) no contamos con el dato preciso si vio o no.

Un ritual de la práctica hospitalaria al que pareciera no poder rehuir ni las mujeres que expulsan en el baño, ni las que lo hacen en camilla y/o sala de parto, es el vinculado a la decisión de ver o no ver la evidencia del aborto.

A partir de lo expresado por algunas mujeres en las entrevistas, resuelta evidente que este ritual se activa con la pregunta médica: “¿Querés verlo?” (A-8, 29 años, 22 semanas de gestación),al tiempo que quien la emite delimita un contexto más o menos amigable para el poder decidir de las mujeres y la aceptación o no, de esa decisión por parte de las y los efectores de salud.

Si bien parece justificarse en la consecución de protocolos específicos de actuación, adquiere, dependiendo de quienes intervengan, formas cuidadas y respetuosas o formas veladas de maltrato. Estas últimas, parecen tener por objeto subrayar la ilegalidad y/o el desacuerdo ideológico con la práctica, a partir de estrategias de tinte disciplinador y ejemplificador.

Entre las mujeres entrevistadas al menos cinco de ellas, que fueron atendidas en el hospital ya sea porque la expulsión se dio en ese ámbito (A-6, A-10 y A-16) o porque habiendo expulsado en la casa o en la ambulancia fueron asistidas en lo inmediato en el hospital (A-11, A-7 y C-3), refieren a una escucha atenta y desprejuiciada, que sabe además de respetar tiempos cuando se instala el espacio de la duda:

“[En el hospital la médica] me preguntó si quería ver el feto o si quería, o sea, que lo mandaran a anatomía. Yo le dije que no, que no me interesaba. O sea, no me interesó desde el primer momento, tampoco me iba a interesar en ese momento. Así que bueno, me dijo: -Está bien. Te pregunto porque lo tenemos que preguntar, nada más que por eso. Pero es tu decisión” (A-11, 21 años, 20 semanas de gestación).

“-Mirá mamá, el feto, no lo vamos a llamar por nada, feto nada más, pesó 400 gramos. Es una pregunta que te la tengo que hacer porque la tengo que hacer de rigor, porque es así, pero no estás obligada, ¿vos lo querés ver o no?
Entonces entra una señora así viejita, así grande de edad, una enfermera sería:
-No, para qué mamá se va a seguir atormentando, ya sufrió mucho, yo le aconsejo que no.
Pero me quedó esa duda, que yo quería, no sé si morbosidad o qué, que yo decía, ay sí, no, sí, no, sí, no. Y me respetaron ese tiempo (…) Y después dije: no” (C-3, 37 años, 20 semanas de gestación).

“Y yo lo veía que él la tenía así con el brazo, y lloraba. La tenía en una toalla blanca. Y después… la enfermera, bueno, cuando terminaron de hacerme todo lo que me tuvieron que hacer, todo, me dijo, me dijo: ¿Querés ver a tu bebé?, me dijo. Y yo me quedé así entre la duda porque yo digo… no sé, yo me imaginaba un feto, qué sé yo, me habías dicho del tamaño, pero no me imaginaba que iba a estar todo tan formado y… pero yo como lo veía a mi marido que la tenía así, como que era un bebé, le dije yo que sí la quería ver. Y me dice: Es una nena ¿sabías?, me dice. Le digo: Sí. Sabía que era una nena!” (A-16, 32 años, 23 semanas de gestación).

“Cuando yo lo expulsé, el médico me preguntó si lo quería ver, me dijo que hay casos donde quieren verlo y por eso me lo preguntaba. Yo no lo quise ver. (A-6, 21 años, 14 semanas de gestación).

“Me preguntaron si yo quería verlo y les dije que no, y a mi mamá también le preguntaron y también les dijo que no” (A-10, 35 años, 22 semanas de gestación).

Dos situaciones posibilitan ver que en ocasiones las mujeres son objeto de maltrato, a partir de la insistencia que miren:

“Ella me vino a insistir para que lo vea, porque me dijo: -¿Querés verlo? -No, no, no (y ya estaba llorando me acuerdo, lo único que me salía era llorar, llorar, llorar) -¿Querés verlo? -No, ¡no quiero verlo! ¿Para qué lo quiero ver? -¿Por qué no querés verlo? -Te voy a preguntar de vuelta, ¿me podés mirar? ¿Querés verlo? ¿Estás segura que no querés verlo?
-¡No! para qué quiero ver algo que… yo me voy a quedar con eso para toda mi vida ¡no quiero ver algo que esté mu… ¿vos me estás cargando?! Acabo de abortar y vos me preguntás si yo tengo ganas de ver a mi bebé muerto. ¡No, no quiero verlo!” (A-8, 29 años, 22 semanas de gestación).

“[Refiere a la médica] Yo le decía que no quería verlo, me dijo que sí porque supuestamente había respirado después de salir y no lo quería ver yo, y me lo hizo ver igual. Lo bautizaron, le pusieron nombre, todo. Yo le decía que no, le corría la cara y todo. Y me dice: vos lo tenés que ver porque esta va a ser tu hija” (A-2, 18 años, 23 semanas de gestación).

La última situación relatada por la joven de 18 años, pareciera tener un plus de maltrato, vinculado a la necesidad de darle identidad jurídica al feto expulsado porque pesa más de 500 gramos y porque habría emitido respiraciones agónicas (gasping). Necesidad impuesta por instituciones del orden judicial, religioso, de salud llevada adelante contra la voluntad de las mujeres que abortan sin que ellas necesariamente tengan herramientas para negarse. El relato de situaciones similares ha permitido que las activistas socorristas elaboren y brinden estrategias a otras socorridas que les permitan confrontar estas imposiciones arbitrarias. En el cierre de este informe podrá leerse algo al respecto.

Abortar en la casa – Sentir que pueden hacerlo y (nuevamente) el dilema de ver

Cuando la expulsión se produce en la casa, ya sea por decisión y/o porque el proceso se precipita y la ambulancia no llega, o ya es tarde para el traslado, el baño ocupa el lugar de principalidad y en menor medida la cama:

“(…) estaba en la ducha y cuando sentí que me dieron ganas de empujar, me senté en el inodoro” (A-11, 21 años, 20 semanas de gestación).

“(…) yo lo hice acá en mi casa (…) En el baño, porque yo me levanto de mi cama, voy al baño, ahí fue (…)” (A-9, 31 años, 14 semanas de gestación).

Las alocuciones que refieren a la expulsión en la casa están teñidas de un lenguaje más cercano a la vida cotidiana: cama, baño inodoro, balde, taxi, tacho, bidet. También los elementos que las socorristas sugieren tener a mano para el momento de la expulsión, tienen que ver con cosas de fácil acceso, como la bolsa de residuos:

Usé un balde como me habían dicho y una bolsa. Nada más. Al lado del inodoro. Sí y bueno ahí fui, me dolía muchísimo, muchísimo, muchísimo, entonces como que hice como fuerza y empecé a expulsar” (A-13, 23 años, 21 semanas de gestación).

A diferencia de los relatos de expulsión en la sala de parto del hospital, las escenas de expulsión en la casa hablan de la toma de decisiones, las esperas, los llamados, los pedidos de colaboración a quienes eligieron para que las acompañen, la presencia de otros/as en la casa. Sucede que la instancia de expulsión, requiere de decisiones prácticas e incluso de un accionar a veces presuroso como la colocación de la bolsa, alcanzar a sentarse en el inodoro, qué hacer cuando la placenta tarda en bajar, entre otras. Aspectos que, al conjugarse con las condiciones materiales del baño, a veces se presentan como adversas para quienes no tienen intenciones de ver el producto de la expulsión. Las mujeres exhiben la experiencia corpo-subjetiva en detalle. Se seleccionan varias textualidades para dejar expuestas las singularidades:

“Sí, yo tengo un baño sólo mío en mi habitación, era temprano a la madrugada, mis hijos no estaban despiertos así que yo estaba tranquila. Lo despedí en mi casa. Controlé la placenta. Esperé la placenta, tardó bastante en bajar. Controlé la placenta que estuviera toda entera. Lo mismo me quedé un rato más, un par de horas más en el inodoro haciendo fuerza y esperando por las dudas algún fragmento más de la placenta salga. Y bueno, salió todo entero. Después salieron unos fragmentos más de placenta. Esperé un tiempo más y ya después me vestí como para ir al médico. Fui a la clínica” (C-1, 41 años, 16 semanas de gestación).

“(…) llegué a mi casa sabiendo que lo tenía que parir, básicamente, que no había otra forma, que ya tenía borrado el cuello uterino, que ya tenía la posición del feto, ahora tenía que hacer fuerza, era eso lo que quedaba, lamentablemente era la forma. (…) En un momento yo sentía que tenía ganas de ir al baño, de cuerpo pensaba, hice fuerza para ir de cuerpo y empezó a aparecer la cabecita. Pero no había largado líquido ni nada, eso fue muy raro, yo no sé si el líquido lo largué de a poco, sino que empezó a aparecer la cabecita, ¡bah! yo en ese momento decía: ¡¿qué es esto?! y ahí lo llamé a T. [refiere a su pareja] que me acompañara y empecé a hacer fuerza, fuerza, fuerza, esto todo en el inodoro, él al lado, me decía que no mire (…)” (C-2, 26 años, 23 semanas de gestación).

“(…) cayó el bebé, era un bebé, lo vi, no lo quería ver, pero terminé viendo, tenía forma de bebé, era muy impresionante porque tenía forma de persona grande pero chiquito, no era forma de bebé, era como un cuerpo flaco y largo con piernas, se veía la columna, se veían los brazos y la cabeza, tenía como un hematoma acá (señala) en la cadera, horrible, horrible (…) fue bastante impresionante (…)” (A-14, 24 años, 16 semanas de gestación).

“(…) y cuando vi era el feto, y estaba con el cordón (…) estaba ya formado, estaba bien formado se le veía todo… yo no lo quise ni mirar obviamente, pero en cuanto hice así lo vi” (C-4, 18 años, 17 semanas de gestación).

Yo no quería verlo pero después dije… me sentía incómoda estando con las sábanas y eso sosteniéndolo -cierto- y… y dije: no, ya fue, voy a tomar un poco de coraje (…) a lo mejor suena medio frío pero no… no me causó… al contrario, me causó ternura (…)” (D-1, 24 años, 17 semanas de gestación).

Asistir el “¿y ahora qué hago?”

En el ámbito de la casa, como lugar de realización del aborto, aparecen también claramente identificados/as quienes de una u otra forma brindan asistencia y acompañan durante y después del proceso de aborto: madre, amiga, hija, hermana, prima, tía, compañero. Las y los otros significativos colaboran en resolver cuestiones que desestabilizan a las mujeres que abortan. Entre ellas, aquellas ligadas a la expulsión cuando no se produce de una sola vez de manera completa:

“No, estaba en la ducha y cuando sentí que me dieron ganas de empujar, me senté en el inodoro. Y sentí, no quería mirar. Sentí que salió eso y después miro y tenía el cordón. Yo digo: -¡¿Y ahora qué hago?! Porque si corto el cordón me desangro acá- Qué se yo. Así que le digo a mi marido: -¡Llamá a una ambulancia, llamá a una ambulancia! Porque no sé qué hacer, no me voy a ir con esto colgando al hospital. Y bueno, mi suegra llamó a un amigo de ella que sabe más o menos de RCP, cosas así. Llamó y bueno, llegó el hombre este y me dijo que hiciera fuerza como para hacer caca así terminaba de salir la placenta” (A-11, 21 años, 20 semanas de gestación).

“(…) sentí algo que cayó y cuando vi era el feto, y estaba con el cordón. En realidad, quedó ahí colgando ¿no? así que la llamé a mi prima desesperada y llorando (…) Bueno bueno, tranquila. Tranquilizate, eeh va a estar todo bien, ahí te traigo una tijera. Se fue a buscar una tijera, la desinfectó, me la dio y corté el cordón” (C-4, 18 años, 17 semanas de gestación).

“(…) mi pareja sí estuvo presente en ese momento (…) no podía terminar de cortarle el ombliguito (…) llegó la ambulancia a nuestra casa y… y enseguida -viste- salimos. Me acuerdo que lo llevé bien envuelto, porque ellas también me recomendaron que lo envolviera en una toalla (…)” (D-1, 24 años, 17 semanas de gestación).

La única interlocutora externa es la socorrista que se presentifica ya sea por el recuerdo de alguna sugerencia o por la consulta directa por parte de la socorrida o de la persona que la asiste:

“(…) C. [refiere a la socorrista] me había dicho que haga fuerza porque era más grande, que en cada contracción tenía que hacer fuerza (…) C me dijo lo tirara, o lo enterrara o lo que yo quiera hacer (…)” (A-3, 19 años, 14 semanas de gestación).

“(…) además llamé a B. [refiere a la socorrista] me dice bueno esperá un ratito y esperé y expulsé, lo que sí me pasó fue que como se ve que tenía, estaba bastante formado la llamé a B. preocupadísima (se ríe), ¿qué hago? Porque me quedaba como colgando ¿viste? (…) yo dije ya está, listo, y ahí le avisé enseguida a mi compañero y a B. digo ya está, ya está, ya está” (A-15, 26 años, entre 14 y 15 semanas de gestación).

Contar con la experiencia de un aborto anterior, acompañado por socorristas, le posibilitó a una de las mujeres (A-5), volver a abortar en su casa manejándose con mayor seguridad y calma:

“Como te dije, me había quedado como colgando como la otra vez, pero me empecé a sobar, a sobar y empecé a apretarme y ahí ¡salió todo!
Nada que ver a la anterior, que tuve que ir al médico, no, yo me apretaba y seguían cayendo coágulos y más coágulos, pero esta vez los tiré al inodoro, porque eran coágulos chiquititos. O sea, el otro fue más doloroso. Éste no fue tan doloroso, aparte esperé que caiga placenta, esperé, no me levanté enseguida (…) Me facilitó haber pasado por al aborto anterior porque no fue tanto dolor como con el primero, que era más grande, era mucho más grande y aparte sabía que vos me habías dicho que hasta que no tire la placenta no me pare” (A-5, 37 años, 14 semanas y media de gestación).

Hacerse cargo de la evidencia del aborto

Otras intervenciones de quienes acompañan desde la cercanía afectiva, es en el hacerse cargo del producto de la expulsión. Esto se hace algunas veces con la participación de la mujer que abortó y otras, prescindiendo de su presencia:

Lo enterramos en el fondo, fondo de la finca que tengo que conecta con un descampado” (A-13, 23 años, 21 semanas de gestación).

“(…) yo estaba con mi nena y le dije que llamara a su papá (…) tuve que poner todo en un balde porque no se iba por el inodoro (…) él llegó y él se encargó” (A-9, 31 años, 14 semanas de gestación).

“(…) él lo cerró todo y era de noche así que no salió enseguida ¿no?, al otro día se levantó a la mañana y fue (…) Lo fue a tirar y me dijo: no te preocupes yo voy (…)” (A-15, 26 años, entre 14 y 15 semanas de gestación).

“Eh lo enterramos en un baldío (silencio) (…) Fuimos los dos juntos. (…) Y sí, porque era una decisión que había tomado yo, que tenía que seguirla hasta lo último” (D-2, 25 años, 20 semanas de gestación).

“(…) bueno ella [refiere a la amiga] se encargó de cerrar la bolsa, de trasladarla, la dejó en el patio hasta que yo terminé de expulsar sangre (…) después me acosté, bueno me levanté y fuimos a tirarlo (…) ella lo tiró. Fue así, como es ella, práctica, corta… ah bueno listo (…) y lo tiramos. Me hubiera gustado hacer, no me hubiera gustado hacer nada de esto, la verdad, pero fue así, no fue lindo (…) Y sí, enterrarlo” (A-14, 24 años, 16 semanas de gestación).

Lo decible e indecible de la expulsión

Las frases y palabras utilizadas por las mujeres para capturar las sensaciones, emociones que circulan inmediatamente producida la expulsión, aparecen amarradas a esa vivencia, particularísima. Entre ellas: alivio, culpa, tortura, tristeza, dolor, vacío, alegría, tranquilidad, ambigüedad o confusión. Muchas de estas expresiones aparecen en la misma mujer, pero no seguidas una de las otras, sino interactuando sin un orden preestablecido. A veces superponiéndose, otras yendo a la par por más que se trate de valencias opuestas, otras incluso chocándose, según el discurrir subjetivo que le da la intensidad de la experiencia. En otras palabras, parecen pulular la co-existencia de sentimientos y sensaciones en un movimiento que hospeda la ambivalencia y las tensiones:

“Después yo me largué a llorar, mi mamá también lloraba sentí, es horrible lo que voy a decir, sentí un alivio tan grande después que pasó todo, porque no sentí un dolor más de nada y sentí que por fin se había terminado. Porque para mí fue una tortura todo, sentí eso como que por fin ya está” (A-10, 35 años, 22 semanas de gestación).

“Nada, fue re feo, una culpa… culpa porque obviamente yo lo provoqué (…)” (A-16, 32 años, 23 semanas de gestación).

“(…) me acuerdo que estaba muy tranquila, muy decidida, entonces eso me evitaba generar cosas negativas, qué sé yo, pensar en: sos mala madre o cualquier otra cosa negativa que me pudiera llegar a shockear -no es cierto- en ese momento” (D-1, 24 años, 17 semanas de gestación).

“(…) me sentí mal porque como que sentí… me sentí mal porque era algo mío también”(C-4, 18 años, 17 semanas de gestación).

“No sé, que sentía era todo muy confuso, sentía como mucha alegría pero mucha tristeza” (A-8, 29 años, 22 semanas de gestación).

“Como que cuando lo expulsé, quería que vuelva adentro mío y digo: Bueno, ya está” (A-7, 26 años, 16 semanas de gestación).

“En un momento sentí como un graaaannn alivio de sentir, por fin, ya está. Pero la vez como sentía: ¿qué hiciste? ¿Qué estás haciendo? Tenía una confusión total en la cabeza” (A-12, 18 años, entre 14 y 15 semanas de gestación).

En ocasiones, lo decible y lo indecible de la expulsión, aparece en el llanto y el grito:

“Yo lo que reaccioné directamente fue llorar y gritar llorando muy fuerte, muy fuerte, mucho (…) en el grito yo veía todo, yo sentía todo: alivio, tristeza, dolor, porque algo que había estado dentro mío durante cuatro meses seguidos no estaba más, realmente fue un vacío ahí (…) necesité llorar y gritar así bien fuerte y que saliera todo a través de ese grito” (C-2, 26 años, 23 semanas de gestación).

“Lloré mucho. Y lloré varios días, porque era como que miraba la tele y aparecía algo, todo era algo (…)” (A-3, 19 años, 14 semanas de gestación).

El poder de la imagen es tal, que tanto las mujeres que tienen hijos/hijas, como las que no, que sintieron el impacto de esa visión, sostienen que más allá del tiempo que transcurra, difícilmente se puedan olvidar de la imagen del feto visto, al punto que tiene la potestad de volver una y otra vez en sus pensamientos cotidianos. Sucede que las socorridas no eluden que lo que aparece en escena es un cuerpo, con rasgos de fisonomía humana -según la descripción que realizan-, produciendo una operación cuyo efecto de sentido es el de diluir la frontera entre feto y bebé. Desde este lugar, se entiende que algunas mujeres, al nombrar utilicen la palabra “bebé”, sin dejar de mencionar aquellas que utilizan “feto” o las que lo ponen en boca de otros/as “el feto le dicen ellos”, y quienes hablan en término de “eso”[2]:

“Lo vi, todo, te digo que la imagen no se me borra ni por más que yo esté loca” (A-5, 37 años, 14 semanas y media de gestación).

“(…) yo creo que yo tuve cinco hijos y ver lo que hice y ver la decisión que tuve que tomar y verlo que era tan así ya. Es medio chocante para mí” (A-9, 31 años, 14 semanas de gestación).

“Después estaba en la mesa y me daban ganas de llorar, así de la nada. Me habían agarrado unos bajones. Te juro que me quedó esa imagen en la cabeza. Fue horrible. Ahora trato de no pensar” (A-2, 18 años, 23 semanas de gestación).

“(…) fue difícil para mí, porque aparte yo lo vi al bebé, porque era chiquitito, porque ya estaba formado (…)” (A-3, 19 años, 14 semanas de gestación).

“Y cuando lo expulsé, yo en ese momento quedé impactadísima, hasta el día de hoy que no me puedo sacar esa imagen de la cabeza (…) Tenía una confusión total en la cabeza y mi mamá quiso meterse al baño y yo le dije no, no, porque ni yo lo podía creer, había quedado impactada, ver eso en el inodoro fue horrible, fue horrible, fue espantoso. Entonces mi mamá me decía: -Sí hija, si vos no podés… -Sí, puedo mamá –le digo- vos no pasés, te quedás afuera. Así que mi mamá estaba ahí afuera y bueno, como pude salí y me largué a llorar y mi mamá lloraba junto conmigo” (A-12, 18 años, entre 14 y 15 semanas de gestación).

Notas:
[1] Por razones de seguridad y cuidados, Socorristas en Red no indica utilizar la medicación por vía vaginal, cursando abortos de segundo trimestre de gestación.
[2] Las expresiones “bebé” y “feto” en ocasiones aparecen ambas en las entrevistas; sin embargo en algunas de ellas, es la de “bebé” la que tiene más carga de sentido: C-3, A-8, A-9, A-14, A-7, C-2, A-4, A-3, A-2; y en otras es la de “feto”: A-5, C-1, A-16, A-11, C-4, D-2, A-6. No hay diferencias en el uso de estas expresiones, en términos numéricos, entre mujeres que tienen hijos/as y en las que no los/as tienen.
De las veintitrés entrevistadas, dieciséis mujeres usan estas palabras y el resto utilizan expresiones ambiguas.
Con relación a las once mujeres que tuvieron vinculación con el sistema de salud durante la expulsión (hospital, clínica, ambulancia): 5 de ellas hablan de bebé (A-2, A-4, A-7, A-8, C-3), 2 de feto (A-6, A-11) y otras cuatro, usan expresiones ambiguas (A-1, A-10, A-16, B-1).
Categorías: Uncategorized

0 comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *